El teléfono sonó con esa musiquita tan irritante cuando uno no está de humor.
En la pantalla del móvil Elena pudo leer “Juan”.
Elena pensó “Paso de cogerlo, estoy con mis amigas, no me apetece hablar con él”
Elena estaba en el parque donde acostumbraba a quedar con sus amigas de clase. No era el momento. No quería hablar con él. Presionó el botón de comunicando y la música dejó de sonar.
El móvil volvió a iluminarse y repitió las notas de la misma canción. En la pantalla volvía a aparecer el nombre de Juan. “¿Pero que le pasa a este?” Por puro orgullo volvió a dar al comunicando y siguió como si nada la conversación con sus amigas.
Una tercera vez sonó la música del móvil. Elena miró la pantalla, el nombre de Juan aparecía ahí de nuevo. “Esta vez se va enterar…” Las cosas no iban muy bien entre ellos.
Elena descolgó y con todo el mal humor que se puede reflejar por una llamada telefónica dijo:
- ¿Que quieres?
- ¿Elena…?
Aquella no era la voz de Juan, era la voz de un señora, su tono lloroso, voz apagada y nasal. Elena tuvo una corazonada.
- Sí, soy yo…
- Hola…me han hablado mucho de ti…soy…verás… -la voz era entrecortada, sin orden alguno. A Elena el corazón se le encogió un poco.- Soy Isabel, la madre de Juan…él…Juan nos ha hablado mucho de ti, nos pidió…esto…hace unas horas…Juan…un coche… -apenas podía hablar, la voz era temblorosa, sin apenas fuerzas, destrozada por el dolor. Elena pudo escuchar como se rompía a llorar, incapaz de pronunciar palabra.
- ¿Elena? Soy Edu, el padre de Juan –la voz de Juan simulaba estar más entera, menos afectada, pero era solo una voz, no tenía porque reflejar el estado por dentro.- Verás, hace unas horas Juan tuvo un accidente, lo atropellaron –el corazón le dio un vuelco a Elena con semejante mazazo- los chicos del SAMUR no dijeron que Juan pidió expresamente que te llamásemos, él nos ha hablado mucho de “su niña”…y bueno… creímos que deberías saberlo, él lo pidió.
- Pero…y… ¿como está?... ¿que pasó?... ¿cuándo? –ahora era la voz de Elena la que apenas podía sonar. Sus amigas la miraron asustadas cuando escucharon su tono de voz y sus ojos empezaron a brillar
- Estamos en el hospital de La Luz, ¿Por qué no vienes y ya te contamos? Él te quería a su lado, a él le gustaría.
- Sí…esto…ahora mismo voy.
- Este es nuestro móvil. Llámanos para lo que sea, Elena, no lo dudes ni un instante.
- Sí…yo…ahora voy hacía allá.
Elena cerró la tapa del móvil, sus amigas se quedaron mirando atónitas, algo no iba bien, la cara de Elena lo decía todo. La mirada de Elena estaba en el infinito, sin prestar atención, no escuchaba las preguntas de sus amigos “y yo le he colgado dos veces…”. Se sentía realmente mal por haber sido tan egoísta, tan orgullosa, ella no era así, “¿porque lo hice?
- Elena, ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? – Hasta que Laura no le puso la mano en el hombro no volvió en si- ¿Elena?
- Esto…Juan…un accidente
No pudo decir más, allí mismo rompió a llorar en los brazos de Laura, no podía terminar de creérselo, no podía entender.
Elena cogió aire, estaba a la puerta del hospital, un edificio alto, de estructura fría, repetitiva, ventana, pared, ventana, pared, ventana, pared “¿Quién coño diseña estas cosas?”… Habían pasado unas cuantas horas desde la llamada del parque, ya había hablado con Edu, le había dicho que estaban en la sala de espera de la octava planta. Cogió aire de nuevo y con paso dudoso entró en aquella pequeña ciudad de tristeza.
En el ascensor nadie dijo nada, todo el mundo tenía la cabeza agachada, fueron los minutos más largos de su vida, aquel ascensor la estaba empezando a agobiar, notaba como su corazón se aceleraba y se hacía más pequeño. Necesitaba aire, tenía que salir de allí. El ascensor se paró en la quinta planta y decidió salir de allí corriendo a empujones. Miro a un lado y al otro del pasillo. Ni una ventana. Ni una brizna de aire. Ese cartel. Lavabos. Corriendo fue hacía su derecha, se metió en el primer bater vacío y como pudo vomito toda la angustia y tristeza que no la dejaba respirar. Estuvo allí unos minutos sin atreverse a afrontar aquello. Cerró los ojos. Estiró la mano. Ahí mismo pudo ver a Juan, ese primer día, el día que le vio por primera vez. Él estaba con sus amigos, riéndose y haciendo gestos, poniendo caras raras muy expresivas. En la universidad, a la salida de clase. Recuerda que su primera impresión fue reírse, ni si quiera sabía de que hablaban, ni si quiera oía lo que decía, pero esa cara tan dulce y expresiva le arrancó una sonrisa. De ahí su mente voló a otro día a la salida de clase, cogían el mismo tren hacia su barrio y estuvieron charlando animadamente, metiéndose con los profesores y contándose los motes de las pijas de clase y los empollones odiosos, un par de viajes más en tren y se besaron por primera vez en la estación esperando su tren. Su mente recordaba ese beso, dulce como cada día, tierno como todas las veces, algo suave, sensual, cariñoso, cuando terminó llegó a la conclusión que nunca jamás le habían besado así.
El eco sordo de una cisterna resonó y Elena volvió en si. “¿cuánto tiempo he estado así?” se le habían dormido los pies y su mano estaba apoyada en la puerta, palpando la nada. No quiso volver a llorar y se obligo a salir de allí.
Esta vez subió los tres pisos que le faltaban por las escaleras.
Cuando se vio allí en la sala de espera la duda le asaltó. “Mierda. Ni si quiera conozco a los padres de Juan, ¿Cómo sabré quién de todos estos es?” De nuevo su corazón se hizo más chico y su ritmo se acelero. Mucha gente la miraba, gente atenta a cualquier novedad.
Un señora alta y espigada se acercaba con paso tembloroso hacía ella, tenía los ojos más tristes que jamás había visto, parecía que llevase horas llorando, triste, sin un ápice de alegría. Miró a Elena con esos ojos rojos y la sonrió. Elena no supo como reaccionar, ni si quiera sabía quien era, ni si quiera sabía si la sonreía a ella. Cara a cara. La señora le cogió la mano.
- Dios mio que guapa eres. Mi hijo no mentía…
- ¿Perdón? –Elena aun estaba perpleja.
- Elena ¿no? Soy Isabel, la madre de Juan. Él me enseñó algunas fotos vuestras, decía que eras la persona más preciosa que jamás había abrazado. No mentía…
Esa frase se repitió en la cabeza de Elena, “eres la persona mas preciosa que jamás me ha abrazado”, Juan se lo decía una y otra vez. El corazón se encogió otro poco más, sentía que si seguía así no sería capaz de bombear toda la sangre que necesitaba para respirar. Abrazó a Isabel con fuerza y hundió su cara en su hombro. No lo pudo evitar. No lo quiso evitar.
Allí estaban los tres. Edu era una persona que transmitía mucha seguridad, parecía no preocupado, inexpresivo, el responsable de hacer las cosas bien, sin dejarse llevar por los sentimientos; pero Elena pudo ver en sus ojos una grandísima tristeza interior. No le escuchó decir más de seis palabras seguidas, y de vez en cuando veía como se agarraba el estomago con fuerza y se tomaba una pastilla, algo por dentro lo mataba. Elena se sentía muy triste, no podía hacer nada, ni si quiera sabía que poder hacer. Isabel era más accesible, reflejaba más su estado, era muy dialogante y cariñosa. Elena se dijo a si mismo que sin duda Juan había adquirido la fortaleza de su padre y los sentimientos de su madre.
- Hará unas horas –Isabel se sentó al lado de Elena mientras le hablaba con pesadumbre- Juan iba de camino a entrenar, ya sabes, le encanta el baloncesto, esa enorme bolsa de deporte y la botas que tanto cariño tiene… –se seco las lagrimas que nunca dejaban de escurrirle por la nariz. Elena todavía no se creía nada de eso, aún no se podía creer que “su niño” estuviese en un hospital. Mierda. Ni si quiera ella se lo creía – al parecer un coche no lo vio al cruzar…- Elena podía notar como contar eso le arranca un pedazo de vida a Isabel, y a ella se le encogía más el corazón. ¿Cuánto tiene que medir el corazón para poder vivir? El suyo ya apenas lo notaba bombear sangre – Dicen que salto despedido varios metros y se golpeo con otro coche aparcado, creen que la bolsa amortiguo un poco el golpe y que Juan salto antes del impacto…llevamos tres horas esperando aquí y es todo lo que sabemos… - Isabel se puso a llorar e instintivamente se acurruco sobre sus piernas.
Elena se quedó helada, no sabía que hacer, que decir, ni como reaccionar, ni si quiera ella había digerido todo aquello y ya tenía que hacer frente a la madre de su novio. ¡Por Dios, era la primera vez que la veía! Tomo aire con fuerza y abrazó a Isabel, no supo porque, no supo como su brazo arrancó ni como atino a rodear a Isabel, simplemente surgió así.
Isabel se sonó la nariz, estaba completamente roja, sus ojos rojos de tanto llorar y su rostro pálido sin fuerzas para frenar lágrimas.
- Él me hablaba mucho de ti, me decía que tú decías que yo hacía la mejor ensaladilla rusa, que pedías que yo la hiciese cuando teníais que comer en la universidad. ¿Sabes qué? Alguna vez me dijo que él no la comía para que tú te llevases el resto a tu piso, que tus compañeras nunca cocinaban y en todo caso hacían algo de pasta. – ¡Madre!¿Juan hacía eso? ¿Le contó eso a su madre? Elena se ruborizó, la dieta de sus compañeras de piso era ensalada y pasta, la comida de la madre de Juan estaba buenísima.
Elena se quedo mirando fijamente las manos de Isabel, tenía el móvil de Juan.
- Se lo pedí a los chicos del SAMUR cuando me dijeron que Juan había pedido que hablásemos contigo. Los del SAMUR consiguieron hablar con él unos minutos antes de que se desmayase, les contó que recordaba del accidente y les pidió con nos llamasen a nosotros y luego insistió en que nosotros hablásemos contigo. Tú numero esta aquí…incluso sale una foto cuando marcas el número.
Isabel abrió la tapa del móvil con un poco de torpeza accedió a la agenda y le enseño la foto que salía cuando marcaba el numero de “My Elena”. Elena se quedo mirando la foto, atónita, sin escuchar nada a su alrededor, pudo retroceder hasta ese preciso día. En un parque, tumbados a la sombra, hacía buen tiempo, Juan llevaba esa sudadera que tanto le gustaba a Elena, estaban abrazados, y Juan dijo “mira al pajarito…no cariño…al otro pajarito”, Elena se reía muchísimo y en ese instante Juan hizo la foto. La miraron juntos y Juan dijo mientras la besaba “sales preciosa, eres preciosa mi niña, la persona más preciosa que jamás me ha abrazado”. Esa frase. En su cabeza, sonaba con fuerza otra vez. La traslado a la playa, un fin de semana que se escaparon, se fueron a San Javier. Lo recordaba, la puesta de sol, Juan haciendo el idiota en la playa, dando volteretas y diciendo tonterías. “¡Juan, por favor! Ven aquí, que hemos venido a ver la puesta del sol JUNTOS” “Ya pero es que el sol ha venido a verme a mi”. Juan siempre tenía que poner ese sentido del humor tan suyo…pero no tardó ni veinte segundos en abrazar a Elena por la espalda mientras la daba un tierno beso en la mejilla y juntos vieron al mar tragarse el sol. Oscurecer… la noche… una cama… descansar… dormir… A la mente de Elena vino como un recuerdo fugaz la primera noche que Juan durmió en su cama, con ella, abrazada, no la soltó en toda la noche, ella se apoyó en su pecho y fue la mejor noche de su vida. ¿“Como has conseguido que tu madre te deje no dormir en casa?”, “pues muy fácil peque, le dije que tenia que dormir con la chica más preciosa de mi vida”. Elena no podía esperar otra cosa, Juan era así, capaz de disfrazar el gesto más romántico con el gesto más normal y habitual del mundo. Su cama… su habitación… Elena volvió a verse abrazada a Juan esa noche. ¡Por favor, que no me lo quiten!
- ¿Elena?
La voz como un eco sordo de Isabel sonaba lejana.
- ¿Elena?
Sí, era Isabel
- ¿Elena?
- Sí –Elena por fin volvió en si, todo por aquella foto-
- Elena, estas llorando.
- ¿Yo?
Se palpo las mejillas y había lágrimas escurriendo por ellas. Mientras ella recordaba su alma había decidido desahogarse.
En ese instante un medico salió por esas puertas plateadas, uno de tantos, uno de tantos que dicen un nombre y espera que se le acerquen los familiares mientras se quita la mascarilla, uno de tantos con traje verde hospital, solo que esta vez pronunció el nombre de Juan García.
Isabel se levanto con un suspiro y Edu se acercó desde la ventana, Elena se quedó sentada, no se sentía parte como para acercarse, pero Isabel volvió la cabeza y con un ligero movimiento le invitó a seguirla.
- Señores Garcia. Tengo buenas noticias dentro de la gravedad. – “¿Por qué el corazón sigue empequeñeciendo?” Pensaba Elena. – Las operaciones han salido bien dentro de lo que esperábamos. Por favor acompáñenme a mi despacho y les daré detalles más concretos.
El doctor miró a Elena, obviamente no era ni su padre ni su madre.
- Su hermana – se apresuro a decir Isabel.
El doctor asintió y los invito a seguirles con una mano. Una vez dentro y sentados el doctor tomo aire.
- Juan a sufrido un gravísimo accidente, sin embargo puedo afirmar que es la persona más fuerte que he tenido en mi mesa de operaciones – “ahí estaba la fortaleza de Edu” se dijo Elena – a luchado muchísimo y gracias a su fuerza tenemos grandes esperanzas sobre su futuro estado.
Justo en ese instante Elena solo supo escuchar términos médicos, y palabras desagradables como sangre, hematomas, roturas, hemorragias, lesiones, estado grave, inconsciente… ¿pero que demonios era todo eso? ¿A alguien le importa decirme con que palabras debo quedarme? ¿Alguien me puede decir que esta vivo? ¿Qué todo va salir bien, que todo ha salido bien?
- Tendrá un durísimo camino de recuperación, rehabilitación y reposo…
Reposo… reposo… reposo… esa frase retumbaba en la cabeza de Elena. Reposo… su mente voló a su casa, su habitación, ella tumbada en la cama, tapada hasta arriba y tiritando. Juan estaba a su lado con un caldo insípido, ¡lo bien que sabe cocinar su madre y lo mal que cocina él! Pero el caldo era lo de menos. Elena tenía un virus estomacal gripal muy agresivo y su medico le había ordenado absoluto reposo y antibióticos, Juan no fue ni un solo día a clase para quedarse con ella, le tomaba la temperatura, le preparaba caldos insípidos, le obligaba a beber agua con limón y le ponía trapos mojados en la frente y la nuca. Todas las tardes le contaba un cuento para que ella durmiese la siesta, por la noche él no se separaba de su cama, le había robado un colchón a una compañera de piso de Elena y lo había echado al suelo para no alejarse de ella, él hablaba con los padres de Elena cada día, ellos vivían en Burgos y confiaron en Juan para que cuidase de su hija “eres encantador, Juan, a ver cuando mi hija nos presenta” siempre terminaba la conversación así la madre de Elena, “muchas gracias por todo, Juan, dale un achuchón a mi hija de parte de su padre” decía el padre protector. Aquel maldito virus le hizo tener un aspecto asqueroso una semana entera, un humor de perros dos semanas completas y una recuperación lenta y paciente. Y sin embargo Juan no se separó ni un momento, ¡por Dios, si hasta le sonaba los mocos y le daba vaselina en los labios agrietados!
Elena veía la boca del doctor abrirse y cerrarse y la mano de Edu ponerse sobre la de Isabel con fuerza, pero no oía nada, no notaba nada. Parpadeó muy despacio y cuando abrió los ojos vio la cara de Juan junto a ella bajo la luz de la luna, en su cama, dulce, hermosa, tierna, la besó y el sueño se rompió.
- Podréis ir a verle en unos treinta minutos, una breve visita, muy corta, debe descansar y…que suba su “hermana” también, seguro que le alegra – Elena pudo percibir en la mirada y el tono de la palabra toda la complicidad del doctor. Le sonrió agradecida. Los del SAMUR les habían bautizado como Romeo y Julieta. Todo el turno les conocía.
Los tres caminaban por el pasillo buscando la habitación 345, Elena iba detrás a un ritmo considerablemente más lento que los padres, ellos estaban impacientes por ver a su hijo y ella tenía verdadero pánico de lo que se podía encontrar.
Ahí estaba. El 345 colgado de la puerta. Una enfermera salía.
- Esta profundamente sedado. Que sea una visita breve, por favor, necesita descansar.
Tras la enfermera entraron Edu e Isabel. Elena no podía entrar, aquello le daba pánico, ¿Qué había tras la puerta? ¿Qué encontraría?
Elena empezó a notar como su corazón se encogía a un tamaño ínfimo, “esto no va a poder con toda la sangre de mi cuerpo”, el sudor le recorría la espalda, su mente volvió a huir de allí. Vio como cerraba de un portazo su habitación y empezaba a gritarle a Juan, ni si quiera recordaba que gritaba, ni porque lo hacía, ¿Por qué discutían? ¿Qué había hecho Juan que tanto le molestaba? No lo recordaba. Solo se veía a ella chillar y a Juan llorar acurrucado sobre la cama, él trataba de cogerla la mano pero ella lo rechazaba. En los algo más de diez meses que llevaban juntos Juan siempre alargaba su mano para hablar con dulzura. Elena no estaba siendo precisamente dulce. Desde ese día las cosas no iban bien del todo, todo era forzado, más desmotivado, reproches, discusiones, gritos y siempre era Juan el que aguantaba estoicamente, Elena recordó esos ojos que decían “¿que nos está pasando?”. Él hablaba despacio, con calma, cariñoso para evitar la discusión pero ella subía el tono de voz, llegó a decir cosas verdaderamente desagradables y jamás vio como Juan se alejaba, como se giraba malhumorado y decía “que te den”. Es más, se acercaba más, se preocupaba más, luchaba más y tiraba más que nunca, le notaba sin fuerzas pero no se rendía. Sin duda había sido ella la que no estaba actuando bien, ni si quiera ahora recordaba porque empezaron a discutir.
Cuando Elena quiso abrir los ojos se vio de rodillas llorando cerca de la puerta.
Abrió la puerta con rabia se acerco a la cama y le susurro al oído a Juan “eres la persona más preciosa que jamás me ha abrazado. Lo siento, no quiero perderte”
“¿Pero que había hecho?” Cuando se quiso dar cuenta observó como Isabel y Edu la miraban perplejos. “¿Qué me ha empujado a hacer esto”? Pero Elena sabía el que era. Quería a Juan con todas sus fuerzas, más que a nada en su vida.
Poco a poco fue consciente de Juan, él en la cama, lleno de tubos, respiradores, tenía la cara hinchadísima y morada por algunas partes, incluso amarilla. Un ojo completamente cerrado por algún golpe, un brazo escayolado, un aparatoso vendaje en un hombro y una gasa manchada de sangre en el costado. “¿No le habré hecho yo eso al abrazarlo?” Se alejó aterrada, pudo notar como el corazón se le helaba, el sudor le agobiaba. Pero Isabel le cogió de la mano, le acercó hacia Juan y le obligo a acercar su oído a los labios de Juan.
- Gracias por venir. Todo saldrá bien, mi niña. Te quiero.
Allí mismo abrazo a Juan y se puso a llorar. Todo saldría bien. Todo salió bien.
En la pantalla del móvil Elena pudo leer “Juan”.
Elena pensó “Paso de cogerlo, estoy con mis amigas, no me apetece hablar con él”
Elena estaba en el parque donde acostumbraba a quedar con sus amigas de clase. No era el momento. No quería hablar con él. Presionó el botón de comunicando y la música dejó de sonar.
El móvil volvió a iluminarse y repitió las notas de la misma canción. En la pantalla volvía a aparecer el nombre de Juan. “¿Pero que le pasa a este?” Por puro orgullo volvió a dar al comunicando y siguió como si nada la conversación con sus amigas.
Una tercera vez sonó la música del móvil. Elena miró la pantalla, el nombre de Juan aparecía ahí de nuevo. “Esta vez se va enterar…” Las cosas no iban muy bien entre ellos.
Elena descolgó y con todo el mal humor que se puede reflejar por una llamada telefónica dijo:
- ¿Que quieres?
- ¿Elena…?
Aquella no era la voz de Juan, era la voz de un señora, su tono lloroso, voz apagada y nasal. Elena tuvo una corazonada.
- Sí, soy yo…
- Hola…me han hablado mucho de ti…soy…verás… -la voz era entrecortada, sin orden alguno. A Elena el corazón se le encogió un poco.- Soy Isabel, la madre de Juan…él…Juan nos ha hablado mucho de ti, nos pidió…esto…hace unas horas…Juan…un coche… -apenas podía hablar, la voz era temblorosa, sin apenas fuerzas, destrozada por el dolor. Elena pudo escuchar como se rompía a llorar, incapaz de pronunciar palabra.
- ¿Elena? Soy Edu, el padre de Juan –la voz de Juan simulaba estar más entera, menos afectada, pero era solo una voz, no tenía porque reflejar el estado por dentro.- Verás, hace unas horas Juan tuvo un accidente, lo atropellaron –el corazón le dio un vuelco a Elena con semejante mazazo- los chicos del SAMUR no dijeron que Juan pidió expresamente que te llamásemos, él nos ha hablado mucho de “su niña”…y bueno… creímos que deberías saberlo, él lo pidió.
- Pero…y… ¿como está?... ¿que pasó?... ¿cuándo? –ahora era la voz de Elena la que apenas podía sonar. Sus amigas la miraron asustadas cuando escucharon su tono de voz y sus ojos empezaron a brillar
- Estamos en el hospital de La Luz, ¿Por qué no vienes y ya te contamos? Él te quería a su lado, a él le gustaría.
- Sí…esto…ahora mismo voy.
- Este es nuestro móvil. Llámanos para lo que sea, Elena, no lo dudes ni un instante.
- Sí…yo…ahora voy hacía allá.
Elena cerró la tapa del móvil, sus amigas se quedaron mirando atónitas, algo no iba bien, la cara de Elena lo decía todo. La mirada de Elena estaba en el infinito, sin prestar atención, no escuchaba las preguntas de sus amigos “y yo le he colgado dos veces…”. Se sentía realmente mal por haber sido tan egoísta, tan orgullosa, ella no era así, “¿porque lo hice?
- Elena, ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? – Hasta que Laura no le puso la mano en el hombro no volvió en si- ¿Elena?
- Esto…Juan…un accidente
No pudo decir más, allí mismo rompió a llorar en los brazos de Laura, no podía terminar de creérselo, no podía entender.
Elena cogió aire, estaba a la puerta del hospital, un edificio alto, de estructura fría, repetitiva, ventana, pared, ventana, pared, ventana, pared “¿Quién coño diseña estas cosas?”… Habían pasado unas cuantas horas desde la llamada del parque, ya había hablado con Edu, le había dicho que estaban en la sala de espera de la octava planta. Cogió aire de nuevo y con paso dudoso entró en aquella pequeña ciudad de tristeza.
En el ascensor nadie dijo nada, todo el mundo tenía la cabeza agachada, fueron los minutos más largos de su vida, aquel ascensor la estaba empezando a agobiar, notaba como su corazón se aceleraba y se hacía más pequeño. Necesitaba aire, tenía que salir de allí. El ascensor se paró en la quinta planta y decidió salir de allí corriendo a empujones. Miro a un lado y al otro del pasillo. Ni una ventana. Ni una brizna de aire. Ese cartel. Lavabos. Corriendo fue hacía su derecha, se metió en el primer bater vacío y como pudo vomito toda la angustia y tristeza que no la dejaba respirar. Estuvo allí unos minutos sin atreverse a afrontar aquello. Cerró los ojos. Estiró la mano. Ahí mismo pudo ver a Juan, ese primer día, el día que le vio por primera vez. Él estaba con sus amigos, riéndose y haciendo gestos, poniendo caras raras muy expresivas. En la universidad, a la salida de clase. Recuerda que su primera impresión fue reírse, ni si quiera sabía de que hablaban, ni si quiera oía lo que decía, pero esa cara tan dulce y expresiva le arrancó una sonrisa. De ahí su mente voló a otro día a la salida de clase, cogían el mismo tren hacia su barrio y estuvieron charlando animadamente, metiéndose con los profesores y contándose los motes de las pijas de clase y los empollones odiosos, un par de viajes más en tren y se besaron por primera vez en la estación esperando su tren. Su mente recordaba ese beso, dulce como cada día, tierno como todas las veces, algo suave, sensual, cariñoso, cuando terminó llegó a la conclusión que nunca jamás le habían besado así.
El eco sordo de una cisterna resonó y Elena volvió en si. “¿cuánto tiempo he estado así?” se le habían dormido los pies y su mano estaba apoyada en la puerta, palpando la nada. No quiso volver a llorar y se obligo a salir de allí.
Esta vez subió los tres pisos que le faltaban por las escaleras.
Cuando se vio allí en la sala de espera la duda le asaltó. “Mierda. Ni si quiera conozco a los padres de Juan, ¿Cómo sabré quién de todos estos es?” De nuevo su corazón se hizo más chico y su ritmo se acelero. Mucha gente la miraba, gente atenta a cualquier novedad.
Un señora alta y espigada se acercaba con paso tembloroso hacía ella, tenía los ojos más tristes que jamás había visto, parecía que llevase horas llorando, triste, sin un ápice de alegría. Miró a Elena con esos ojos rojos y la sonrió. Elena no supo como reaccionar, ni si quiera sabía quien era, ni si quiera sabía si la sonreía a ella. Cara a cara. La señora le cogió la mano.
- Dios mio que guapa eres. Mi hijo no mentía…
- ¿Perdón? –Elena aun estaba perpleja.
- Elena ¿no? Soy Isabel, la madre de Juan. Él me enseñó algunas fotos vuestras, decía que eras la persona más preciosa que jamás había abrazado. No mentía…
Esa frase se repitió en la cabeza de Elena, “eres la persona mas preciosa que jamás me ha abrazado”, Juan se lo decía una y otra vez. El corazón se encogió otro poco más, sentía que si seguía así no sería capaz de bombear toda la sangre que necesitaba para respirar. Abrazó a Isabel con fuerza y hundió su cara en su hombro. No lo pudo evitar. No lo quiso evitar.
Allí estaban los tres. Edu era una persona que transmitía mucha seguridad, parecía no preocupado, inexpresivo, el responsable de hacer las cosas bien, sin dejarse llevar por los sentimientos; pero Elena pudo ver en sus ojos una grandísima tristeza interior. No le escuchó decir más de seis palabras seguidas, y de vez en cuando veía como se agarraba el estomago con fuerza y se tomaba una pastilla, algo por dentro lo mataba. Elena se sentía muy triste, no podía hacer nada, ni si quiera sabía que poder hacer. Isabel era más accesible, reflejaba más su estado, era muy dialogante y cariñosa. Elena se dijo a si mismo que sin duda Juan había adquirido la fortaleza de su padre y los sentimientos de su madre.
- Hará unas horas –Isabel se sentó al lado de Elena mientras le hablaba con pesadumbre- Juan iba de camino a entrenar, ya sabes, le encanta el baloncesto, esa enorme bolsa de deporte y la botas que tanto cariño tiene… –se seco las lagrimas que nunca dejaban de escurrirle por la nariz. Elena todavía no se creía nada de eso, aún no se podía creer que “su niño” estuviese en un hospital. Mierda. Ni si quiera ella se lo creía – al parecer un coche no lo vio al cruzar…- Elena podía notar como contar eso le arranca un pedazo de vida a Isabel, y a ella se le encogía más el corazón. ¿Cuánto tiene que medir el corazón para poder vivir? El suyo ya apenas lo notaba bombear sangre – Dicen que salto despedido varios metros y se golpeo con otro coche aparcado, creen que la bolsa amortiguo un poco el golpe y que Juan salto antes del impacto…llevamos tres horas esperando aquí y es todo lo que sabemos… - Isabel se puso a llorar e instintivamente se acurruco sobre sus piernas.
Elena se quedó helada, no sabía que hacer, que decir, ni como reaccionar, ni si quiera ella había digerido todo aquello y ya tenía que hacer frente a la madre de su novio. ¡Por Dios, era la primera vez que la veía! Tomo aire con fuerza y abrazó a Isabel, no supo porque, no supo como su brazo arrancó ni como atino a rodear a Isabel, simplemente surgió así.
Isabel se sonó la nariz, estaba completamente roja, sus ojos rojos de tanto llorar y su rostro pálido sin fuerzas para frenar lágrimas.
- Él me hablaba mucho de ti, me decía que tú decías que yo hacía la mejor ensaladilla rusa, que pedías que yo la hiciese cuando teníais que comer en la universidad. ¿Sabes qué? Alguna vez me dijo que él no la comía para que tú te llevases el resto a tu piso, que tus compañeras nunca cocinaban y en todo caso hacían algo de pasta. – ¡Madre!¿Juan hacía eso? ¿Le contó eso a su madre? Elena se ruborizó, la dieta de sus compañeras de piso era ensalada y pasta, la comida de la madre de Juan estaba buenísima.
Elena se quedo mirando fijamente las manos de Isabel, tenía el móvil de Juan.
- Se lo pedí a los chicos del SAMUR cuando me dijeron que Juan había pedido que hablásemos contigo. Los del SAMUR consiguieron hablar con él unos minutos antes de que se desmayase, les contó que recordaba del accidente y les pidió con nos llamasen a nosotros y luego insistió en que nosotros hablásemos contigo. Tú numero esta aquí…incluso sale una foto cuando marcas el número.
Isabel abrió la tapa del móvil con un poco de torpeza accedió a la agenda y le enseño la foto que salía cuando marcaba el numero de “My Elena”. Elena se quedo mirando la foto, atónita, sin escuchar nada a su alrededor, pudo retroceder hasta ese preciso día. En un parque, tumbados a la sombra, hacía buen tiempo, Juan llevaba esa sudadera que tanto le gustaba a Elena, estaban abrazados, y Juan dijo “mira al pajarito…no cariño…al otro pajarito”, Elena se reía muchísimo y en ese instante Juan hizo la foto. La miraron juntos y Juan dijo mientras la besaba “sales preciosa, eres preciosa mi niña, la persona más preciosa que jamás me ha abrazado”. Esa frase. En su cabeza, sonaba con fuerza otra vez. La traslado a la playa, un fin de semana que se escaparon, se fueron a San Javier. Lo recordaba, la puesta de sol, Juan haciendo el idiota en la playa, dando volteretas y diciendo tonterías. “¡Juan, por favor! Ven aquí, que hemos venido a ver la puesta del sol JUNTOS” “Ya pero es que el sol ha venido a verme a mi”. Juan siempre tenía que poner ese sentido del humor tan suyo…pero no tardó ni veinte segundos en abrazar a Elena por la espalda mientras la daba un tierno beso en la mejilla y juntos vieron al mar tragarse el sol. Oscurecer… la noche… una cama… descansar… dormir… A la mente de Elena vino como un recuerdo fugaz la primera noche que Juan durmió en su cama, con ella, abrazada, no la soltó en toda la noche, ella se apoyó en su pecho y fue la mejor noche de su vida. ¿“Como has conseguido que tu madre te deje no dormir en casa?”, “pues muy fácil peque, le dije que tenia que dormir con la chica más preciosa de mi vida”. Elena no podía esperar otra cosa, Juan era así, capaz de disfrazar el gesto más romántico con el gesto más normal y habitual del mundo. Su cama… su habitación… Elena volvió a verse abrazada a Juan esa noche. ¡Por favor, que no me lo quiten!
- ¿Elena?
La voz como un eco sordo de Isabel sonaba lejana.
- ¿Elena?
Sí, era Isabel
- ¿Elena?
- Sí –Elena por fin volvió en si, todo por aquella foto-
- Elena, estas llorando.
- ¿Yo?
Se palpo las mejillas y había lágrimas escurriendo por ellas. Mientras ella recordaba su alma había decidido desahogarse.
En ese instante un medico salió por esas puertas plateadas, uno de tantos, uno de tantos que dicen un nombre y espera que se le acerquen los familiares mientras se quita la mascarilla, uno de tantos con traje verde hospital, solo que esta vez pronunció el nombre de Juan García.
Isabel se levanto con un suspiro y Edu se acercó desde la ventana, Elena se quedó sentada, no se sentía parte como para acercarse, pero Isabel volvió la cabeza y con un ligero movimiento le invitó a seguirla.
- Señores Garcia. Tengo buenas noticias dentro de la gravedad. – “¿Por qué el corazón sigue empequeñeciendo?” Pensaba Elena. – Las operaciones han salido bien dentro de lo que esperábamos. Por favor acompáñenme a mi despacho y les daré detalles más concretos.
El doctor miró a Elena, obviamente no era ni su padre ni su madre.
- Su hermana – se apresuro a decir Isabel.
El doctor asintió y los invito a seguirles con una mano. Una vez dentro y sentados el doctor tomo aire.
- Juan a sufrido un gravísimo accidente, sin embargo puedo afirmar que es la persona más fuerte que he tenido en mi mesa de operaciones – “ahí estaba la fortaleza de Edu” se dijo Elena – a luchado muchísimo y gracias a su fuerza tenemos grandes esperanzas sobre su futuro estado.
Justo en ese instante Elena solo supo escuchar términos médicos, y palabras desagradables como sangre, hematomas, roturas, hemorragias, lesiones, estado grave, inconsciente… ¿pero que demonios era todo eso? ¿A alguien le importa decirme con que palabras debo quedarme? ¿Alguien me puede decir que esta vivo? ¿Qué todo va salir bien, que todo ha salido bien?
- Tendrá un durísimo camino de recuperación, rehabilitación y reposo…
Reposo… reposo… reposo… esa frase retumbaba en la cabeza de Elena. Reposo… su mente voló a su casa, su habitación, ella tumbada en la cama, tapada hasta arriba y tiritando. Juan estaba a su lado con un caldo insípido, ¡lo bien que sabe cocinar su madre y lo mal que cocina él! Pero el caldo era lo de menos. Elena tenía un virus estomacal gripal muy agresivo y su medico le había ordenado absoluto reposo y antibióticos, Juan no fue ni un solo día a clase para quedarse con ella, le tomaba la temperatura, le preparaba caldos insípidos, le obligaba a beber agua con limón y le ponía trapos mojados en la frente y la nuca. Todas las tardes le contaba un cuento para que ella durmiese la siesta, por la noche él no se separaba de su cama, le había robado un colchón a una compañera de piso de Elena y lo había echado al suelo para no alejarse de ella, él hablaba con los padres de Elena cada día, ellos vivían en Burgos y confiaron en Juan para que cuidase de su hija “eres encantador, Juan, a ver cuando mi hija nos presenta” siempre terminaba la conversación así la madre de Elena, “muchas gracias por todo, Juan, dale un achuchón a mi hija de parte de su padre” decía el padre protector. Aquel maldito virus le hizo tener un aspecto asqueroso una semana entera, un humor de perros dos semanas completas y una recuperación lenta y paciente. Y sin embargo Juan no se separó ni un momento, ¡por Dios, si hasta le sonaba los mocos y le daba vaselina en los labios agrietados!
Elena veía la boca del doctor abrirse y cerrarse y la mano de Edu ponerse sobre la de Isabel con fuerza, pero no oía nada, no notaba nada. Parpadeó muy despacio y cuando abrió los ojos vio la cara de Juan junto a ella bajo la luz de la luna, en su cama, dulce, hermosa, tierna, la besó y el sueño se rompió.
- Podréis ir a verle en unos treinta minutos, una breve visita, muy corta, debe descansar y…que suba su “hermana” también, seguro que le alegra – Elena pudo percibir en la mirada y el tono de la palabra toda la complicidad del doctor. Le sonrió agradecida. Los del SAMUR les habían bautizado como Romeo y Julieta. Todo el turno les conocía.
Los tres caminaban por el pasillo buscando la habitación 345, Elena iba detrás a un ritmo considerablemente más lento que los padres, ellos estaban impacientes por ver a su hijo y ella tenía verdadero pánico de lo que se podía encontrar.
Ahí estaba. El 345 colgado de la puerta. Una enfermera salía.
- Esta profundamente sedado. Que sea una visita breve, por favor, necesita descansar.
Tras la enfermera entraron Edu e Isabel. Elena no podía entrar, aquello le daba pánico, ¿Qué había tras la puerta? ¿Qué encontraría?
Elena empezó a notar como su corazón se encogía a un tamaño ínfimo, “esto no va a poder con toda la sangre de mi cuerpo”, el sudor le recorría la espalda, su mente volvió a huir de allí. Vio como cerraba de un portazo su habitación y empezaba a gritarle a Juan, ni si quiera recordaba que gritaba, ni porque lo hacía, ¿Por qué discutían? ¿Qué había hecho Juan que tanto le molestaba? No lo recordaba. Solo se veía a ella chillar y a Juan llorar acurrucado sobre la cama, él trataba de cogerla la mano pero ella lo rechazaba. En los algo más de diez meses que llevaban juntos Juan siempre alargaba su mano para hablar con dulzura. Elena no estaba siendo precisamente dulce. Desde ese día las cosas no iban bien del todo, todo era forzado, más desmotivado, reproches, discusiones, gritos y siempre era Juan el que aguantaba estoicamente, Elena recordó esos ojos que decían “¿que nos está pasando?”. Él hablaba despacio, con calma, cariñoso para evitar la discusión pero ella subía el tono de voz, llegó a decir cosas verdaderamente desagradables y jamás vio como Juan se alejaba, como se giraba malhumorado y decía “que te den”. Es más, se acercaba más, se preocupaba más, luchaba más y tiraba más que nunca, le notaba sin fuerzas pero no se rendía. Sin duda había sido ella la que no estaba actuando bien, ni si quiera ahora recordaba porque empezaron a discutir.
Cuando Elena quiso abrir los ojos se vio de rodillas llorando cerca de la puerta.
Abrió la puerta con rabia se acerco a la cama y le susurro al oído a Juan “eres la persona más preciosa que jamás me ha abrazado. Lo siento, no quiero perderte”
“¿Pero que había hecho?” Cuando se quiso dar cuenta observó como Isabel y Edu la miraban perplejos. “¿Qué me ha empujado a hacer esto”? Pero Elena sabía el que era. Quería a Juan con todas sus fuerzas, más que a nada en su vida.
Poco a poco fue consciente de Juan, él en la cama, lleno de tubos, respiradores, tenía la cara hinchadísima y morada por algunas partes, incluso amarilla. Un ojo completamente cerrado por algún golpe, un brazo escayolado, un aparatoso vendaje en un hombro y una gasa manchada de sangre en el costado. “¿No le habré hecho yo eso al abrazarlo?” Se alejó aterrada, pudo notar como el corazón se le helaba, el sudor le agobiaba. Pero Isabel le cogió de la mano, le acercó hacia Juan y le obligo a acercar su oído a los labios de Juan.
- Gracias por venir. Todo saldrá bien, mi niña. Te quiero.
Allí mismo abrazo a Juan y se puso a llorar. Todo saldría bien. Todo salió bien.
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Ey!!!Es el primero que termina bien eh? o no?...para que luego digais....jajajaja
Inspiración: hay una frase por ahi que tengo que dice algo asi como "si me muriera mañana que me dirias hoy?"...es macabro pero creo q todos nos hemos imaginado como nos gustaría q nos recordasen o soñar con un "q pasaria si me pasase algo chungo? quien estaría a mi lado? quien me ayudaría? quien me echaria de menos?" pues eso es este cuento....PERO CON FINAL FELIZ!!!!! increible no?

1 comentario:
sigo flipandsido flipando con tus cuentos !!!!
Hacía mucho que no me metia por aki, pero la fiebre me hace estar en casa aburrida, y decidi ponerme a leer tu blog..ya que del fotolog pasas!
Espero que tus anginas estén mejorando...y poder ir pronto a tu palacete =)
Unbesazo enorme
No pierdas esa imaginacion cariño!
[b]INYN!!!![/b]
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